Desmitifica los medios

En la facultad de comunicación nos exhortaban a no explicar cómo se produce un programa de televisión o cómo se elabora la información de un diario. “Es como revelar el truco en la magia”, decían. Poco a poco, he ido descreyéndome y aborreciendo esta idea.

Cuidado con la profesionalización

Tratando de experimentar con una comunicación más participativa en varias organizaciones, me he encontrado con mucha gente que no quería participar. Que se limitaba a sí misma con argumentos que me parecían increíbles. Y se resumían en una única frase:

No soy periodista.

Es curioso el resultado que se ha logrado. Mucha gente se cree absolutamente incapaz de comunicar en público. Esto lo dejan para profesionales dentro de empresas que nos han demostrado sin pesteñar cómo pueden manipularnos y desinformarnos diariamente. Pero seguimos pensando que eso es cosa de profesionales.

A menudo me pregunto hasta qué punto la comunicación pública debe estar profesionalizada. Es decir, ¿qué es lo que debería poder hacer una ciudadana y en dónde queda el perfil profesional? Y la respuesta para la parte ciudadana no deja de crecer: deberíamos publicar artículos, dejar nuestros comentarios, evaluarlos, etcétera.

Cuidado con la idea de que hay que ser profesional para comunicar. Comunicar es algo con lo que construimos nuestra ciudadanía, nuestras relaciones personales y nuestra autorrealización. Comunicar es algo que debemos aprender a hacer todas y todos, parte de nuestra educación más elemental.

Cuidado, por tanto, con los departamentos de comunicación (o de márketing) de muchas organizaciones sociales. A menudo han profesionalizado sus equipos y dedican muchos esfuerzos por controlar la información y publicitar sus actividades, evitar que comuniques lo que hace la entidad y que las personas participen de forma abierta en el mensaje.

Las y los profesionales son ¡somos! importantes, fundamentales para aportar herramientas, educar en la comunicación, conectar y relacionar mensajes. Pero no podemos permitir que la profesionalización suponga un límite para la ciudadanía, ni en cuanto a que mitifiquen la idea de comunicar ni en cuanto a que continuamente restrinjamos desde gabinetes sus posibilidades.

Cuestión de transparencia

También podemos plantearnos lo de revelar o no revelar “el truco” de cómo se comunica de la siguiente manera: es cuestión de transparencia.

Piensa que es como la comida. Si está en mal estado, querrás saber, leer en el paquete, los ingredientes, la fecha de caducidad y las condiciones en las que se preparó ese alimento. Con la información y la comunicación deberíamos hacer igual: exigir a cuántas personas se les consultó para elaborar esa nota, cuánto se han esforzado para que sea un mensaje claro y honesto.

Demasiadas veces, las informaciones que recibimos son “refritos”. Llegan a las y los periodistas desde agencias de empresas o de partidos políticos y apenas le dedican tiempo a verificarlas, a dar otros puntos de vista y contextualizarlas. Directamente las “refríen” cambiando algunas expresiones (a veces ni eso) y las publican.

No deberíamos permitir que los medios no nos cuenten cómo componen sus informaciones, cómo se financian, cuánto paga El Corte Inglés o esa agencia de viajes por aparecer en tal página del periódico, etcétera.

Aprender haciendo

Mientras los medios de masas sigan con su forma de intoxicar la comunicación, ocultándonos todos los procesos que hay detrás, callándonos como a niñas y niños “el truco” y manteniéndonos así en una estúpida ignorancia, podemos desmitificarlos de otra manera.

Podemos aprender haciendo. Si aprendemos a elaborar una noticia, aprenderemos también a desvirtuarla. Tendremos más nociones para estar alerta, para detectar la mala comunicación.

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  • Redacta una noticia exageradamente amarillista o morbosa: “Brutal incendio arrasa una cerilla. Devastado, el pueblo de Granada muestra su pesar y pésame al dueño… “. Fíjate en los adjetivos que uses… son los mismos que usan en los medios para impresionarte.